Mientras hay vida, habrá esperanza.

MUERTE DE LA DESESPERANZA

El antídoto contra la desesperanza es la acción, fruto de organizar tus ideas, tus prioridades.
Tiene un componente externo la desesperanza: la pobreza de oportunidades, los cerrojos que el entorno presenta, cerrojos ciertos, también aparentes porque habitan igual en ti esos candados internos, que como miedos te invitan a no mirar, protegerte, no buscar alternativas.
Echar la culpa de la no esperanza allá afuera, donde el otro, mientras la queja interna cobra vida, se fortalece y cercena tu espíritu, no es solución, es alimento de la parálisis.
La solución a la desesperanza es la acción; más se huye, con vergonzante frecuencia se evade, y la evasión es un síntoma fatal, una señal terrible del fenecimiento del carácter, de la erosión de la valentía que alguna vez alumbró, guió tu camino.
La esperanza es como el sentido de vivir, nadie te la pueda dar, no queda más remedio que construirla, perseguirla, hacerla tuya.
No se mendiga la felicidad.
Piensa en los momentos en que te rebelaste contra lo que te negabas a aceptar para ti, cuando irreverente te dijiste: es mi vida, soy yo, nadie decide por mí.
Un acto grande o pequeño, no importa, era tu vida, tu decisión.
Es crimen morir mientras el corazón palpita. Ser tu propio fantasma de sueños olvidados. Si el corazón late, hay esperanza.
Allí, en el fuego dormido de ese acto muy tuyo, único, está la clave, el secreto para avivar la llama; para que estalles brioso, para enterrar el maldito virus de ala caída.
Para renacer la sonrisa que fortalece el pecho, para que vuelvas a decirte, esta vez por siempre:
No más, es mi vida, es mi esperanza, son mis sueños, soy yo.

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